Los disparadores

Un disparador es aquello que consigue que un cambio se desencadene en nuestro interior. En la vida existen múltiples disparadores, puede ser una persona, una canción, una película, una simple palabra, un objeto, un acontecimiento,… puede ser cualquier cosa, todo depende de la persona que lo vive y de su momento.

Cada uno de nosotros tiene el suyo, no sabemos cuándo surgirá ni bajo qué forma, pero todos lo reconocemos cuando aparece. La única circunstancia que tiene que darse para que acontezca es nuestra actitud, querer que dicho cambio se produzca, de ese modo abrimos las puertas para que la magia de la vida se manifieste y aparezcan las herramientas: los disparadores.

Si nos permitimos estar en constante crecimiento encontraremos multitud de disparadores en nuestro camino. Me gustaría decirte que todos serán agradables pero es muy probable que muchos no lo sean, como por ejemplo un accidente, un despido, una ruptura, una enfermedad o la muerte de un ser querido, incluso puede que creas que te ha caído una maldición, pero piensa que es algo que va a removerte hasta tus mismísimos cimientos y no hay nada que nos remueva más que aquello que nos hace sentir incómodos, aquello que nos obliga a “movernos” interiormente.

Otras veces serán cosas en apariencia inofensivas, que llegarán a tu vida sin que les prestes la mayor importancia.

En mi caso fue un simple libro.

Un buen día alguien me nombró un libro, diciéndome que le había ayudado a conocerse a sí mismo y que debía leerlo: Tus zonas erróneas del Doctor Wayne W. Dyer. Yo nunca había leído un libro de “autoayuda”, la propia palabra me asustaba un poco. Leer un libro denominado de autoayuda era como reconocer que tenías un problema. Una cosa era leer El Principito de Saint-Exupéry o El Alquimista de Paulo Coelho ya que no solo no estaba mal visto leerlos sino que si no lo hacías poco menos que no tenías riqueza interior, pero un libro de autoayuda era otro cantar.

Para mi sorpresa ese día leí un artículo que citaba el mismo libro: Tus zonas erróneas del Doctor Wayne W. Dyer como uno de los mejores libros de autoconocimiento jamás escritos y del cual se habían vendido millones de copias en todo el mundo. Antes siquiera de que saliese de mi asombro por dicha coincidencia y sin que hubiese acabado el día volví a leer la misma recomendación en otro libro que estaba leyendo. “Dos pueden ser casualidad -me dije-, pero ¿tres? ¿El mismo día? Aquí pasa algo.”

Como tratándose de libros el dinero parecía quemarme, al día siguiente ya tenía un ejemplar entre mis manos. Pequeño, barato y con una portada horriblemente chillona. “Vamos a ver librito –pensé mientras lo abría y comenzaba a leer–, veamos qué tienes que enseñarme, a ver si eres tan bueno como te pintan”.

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En un lenguaje muy ameno, lo cierto es que ningún párrafo tenía desperdicio. Un libro sin nada de paja, sin relleno, como a mí me gustan. Sin embargo empezó a ocurrir una cosa curiosa, a pesar de ser un fantástico libro, comenzó a coger polvo en mi mesita de noche. Por alguna misteriosa razón, no conseguía avanzar más allá del primer capítulo. Entre lectura y lectura discurría tanto tiempo que cuando lo reanudaba debía volver al principio para retomar el hilo, de esta forma llegué a aprenderme el primer capítulo de memoria. ¿Las razones? Las razones oficiales eran que no tenía tiempo para leer, que llegaba muy tarde a casa y solo quería acostarme, que el cansancio no me permitía concentrarme en su lectura, bla, bla, bla. Con el tiempo y la visión en perspectiva reconocí que mi mente rehuía leerlo porque se olía el pastel, se olía el disparador, aunque entonces ni siquiera conocía ese concepto.

Así que el buen Doctor Dyer acabó en una estantería, entre otros muchos libros, condenado al ostracismo sin ningún tipo de piedad.

Varios años de experiencia después, al abrir una caja tras una agotadora mudanza reconozco el color chillón de una portada… y de nuevo alguien, esta vez muy especial, me lo vuelve a recomendar. “Ese libro fue muy especial para mí –me dice-, y creo que deberías leerlo ahora, en este momento de tu vida “.

Es curioso cómo cambiamos las personas. El mismo libro. Las mismas palabras. Pero nada a partir de ese momento fue igual. ¿La razón? Porque mi momento había llegado, el momento para el primer gran cambio. Mi actitud era completamente distinta y mi voluntad de explorar mi interior era más fuerte que cualquier miedo a lo desconocido. Necesitaba saber, necesitaba respuestas.

Comencé a leerlo con avidez y fascinación. Sus tapas se fusionaron con mis manos ya que no podía dejarlo. Nunca mi alma se sintió más desnuda con un libro. Ahí estaba el bueno del doctor, describiéndome con pelos y señales en ese librito por nueve euros con noventa y cinco céntimos, mil seiscientas de las antiguas pesetas. ¿Cómo era posible? ¿Cómo un señor que vivía a miles de kilómetros y hablaba otro idioma, que no sabía de mi existencia, podía conocerme tan bien? Y lo que decía de mí no era nada agradable de leer.

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A veces me reconocía en sus descripciones (¡anda, me han “pillao”!) y me entraba la risa pero otras veces era como si me metieran un dedo de acero candente en una llaga y presa de una repentina furia lanzaba el libro hasta el otro extremo de la habitación acordándome de todos los antepasados del buen doctor. ¿Podía un libro doler de esa manera? Sin embargo, pasados unos instantes me acercaba y lo recogía con curiosidad preguntándome por qué me había dolido tanto. Sí, hay cosas que no nos gusta oír… o en este caso leer. Pero siempre volvía a él, esta vez no iba a dejarlo, tenía que llegar hasta el final. Reí y disfruté con su lectura pero también lloré y pataleé. Sentí conforme avanzaba en su lectura cómo las ruedas dentadas de mi mente giraban hasta encajar como nunca antes lo habían hecho. Aprendí más de mí en aquellos pocos días que en todos los años anteriores.

Yo crecí con ese pequeño libro de portada chillona, pero no fue en sí por el libro, sino por la oportunidad que me concedí de reconocerme en sus páginas más allá del miedo que me producía y que me había frenado anteriormente. El Doctor Dyer puso las palabras y yo las doté de significado. Por eso dos personas pueden leer el mismo libro pero una salir transformada y la otra devolverlo sin más a la estantería. La única diferencia es la actitud interna y para eso tiene que llegar el momento adecuado.

Siempre hay un primer disparador de un gran cambio para todos los que decidimos que ya ha llegado la hora de hacernos preguntas, que ya ha llegado la hora de saber quiénes somos. En mi caso fue un simple libro de “autoayuda” en edición de bolsillo. Auto-ayuda. Ayudarse a uno mismo. Suena bien, ¿verdad? Un libro que un señor a miles de kilómetros escribió en otro idioma antes de que yo si quiera hubiese nacido, alguien que no me conocerá nunca y que sin embargo me conocía, alguien a quien siempre guardaré un profundo cariño por ser mi disparador.

Desde aquí te invito a que abras bien los ojos, de que prestes atención a las señales que la vida te envía, de que aceptes las herramientas que aparecen en tu camino. Te invito a que superes la incomodidad inicial y a que te adentres en los páramos de lo desconocido con valentía y confianza. Todo lo que nos sacude nos hace crecer y todos los disparadores aparecen porque tú así lo demandas, a un nivel muy profundo que todavía desconoces.

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Algún día volverás la vista atrás y pensarás: “Ese libro me transformó”, “esa persona me salvó”, “esa canción me ayudó”, “esa experiencia me marcó”, etc… Recordarás tu primer disparador con mucho cariño porque para ti será el inicio de todo pero nunca olvides que son solo herramientas que la vida te ofrece para tu crecimiento pero lo que te transforma, lo que te salva, lo que te ayuda, lo que te marca, eres TÚ con la interpretación que haces de todo ello.

Por tanto, hazte el mejor regalo que puedes hacerte y date la oportunidad de dejarlo entrar. Si tiras el libro al otro extremo de la habitación…

… vuelve a recogerlo y continúa leyendo.

2 thoughts on “Los disparadores

  • Cierto que es un libro “dificil” de leer…lo tienes en la mesilla por meses y nunca ves el momento de leerlo..pero un día llega el momento y lo lees casi de tirón y sin darte cuenta te cambia…es uno de mis libros de cabecera que sin darme cuenta sin duda fue un “disparador” de mi nueva forma de ser y pensar…yo siempre lo recomiendo :)

    • Sí, el libro plasma el conocimiento del autor pero somos nosotros, los lectores, quienes tenemos que dotar de vida y de significado dichas palabras. A veces no es que el libro no nos diga nada sino que todavía no ha llegado su momento para nosotros. ¡Muchas gracias Laura!

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