¿De qué depende la suerte?

¿De qué depende la suerte?

Hay personas que nacen “con estrella”, personas a las que la vida les sonríe y para las cuales todo parece desarrollarse a pedir de boca y hay otras personas que nacen “estrelladas”, para los cuales la vida es una interminable carrera de obstáculos: no han salido de una y ya se están metiendo en otra… ¿qué diferencia a las unas de las otras? En otras palabras, ¿de qué depende su suerte?, ¿de qué depende la suerte de todos nosotros? ¿Podemos influir en ella? ¿Podemos fabricarnos una a nuestra medida?

La respuesta es sí.

UN EXPERIMENTO SOCIOLÓGICO SIN PRECEDENTES

Hace tiempo descubrimos un programa de televisión diseñado y presentado por Derren Brown, uno de los mentalistas más famosos de Inglaterra, en el que se planteaba esta misma cuestión: ¿De qué depende nuestra suerte?

Para lograr hallar una respuesta, Brown envió a una amiga reportera hasta una pequeña ciudad del condado de Yorkshire, en mitad de la campiña inglesa, con la misión de hacer creer a todos sus habitantes que cubrían un reportaje sobre el famoso “perro de la suerte”, una estatua de bronce de un perro que llevaba años enclavada en el parque de la ciudad.

El perro de la suerte

El perro de la suerte

- ¿Qué puede contarnos sobre la famosa leyenda de la estatua del “perro de la suerte”, que dice que otorga buena suerte a toda persona que la toca? – interpelaba la periodista a los sorprendidos transeúntes.

Como es lógico, nadie parecía conocer dicha leyenda pero, a los pocos días, las respuestas fueron cambiando.

– Sí, claro que conozco la leyenda, mi abuela me la contó cuando era niño – se atrevió a responder un vecino de la ciudad.

La falsa noticia se había instaurado con fuerza y empezó a correr de boca en boca hasta alcanzar a toda la población. Todos daban por hecho que la noticia era real. Tanto fue así que algunos vecinos empezaron a acercarse a la famosa estatua a acariciar al animal.

Fue en ese momento cuando Derren Brown escogió a varios ciudadanos al azar para proponerles que tocaran la estatua y comprobaran sus efectos a lo largo de varias semanas. Todos aceptaron de buen grado. Lo curioso fue que, pasado el tiempo acordado, mucha gente había experimentado golpes de buena suerte: premios de lotería, transacciones de negocio provechosas, nuevas oportunidades laborales, etc.

Sin embargo, Brown decide dar un paso más allá y se dirige a ver a Wayne, el carnicero, quien se considera a sí mismo la persona con más mala suerte del mundo. Wayne le cuenta toda la suerte de desgracias que le han acaecido en su vida. “Si algo me puede ir mal, me irá mal” parece ser su máxima.

Efectivamente, así es. El equipo de Brown diseña toda una serie de oportunidades dirigidas específicamente a Wayne, para tratar de comprobar si su pensamiento fatalista es el responsable de sus desdichas. Para asombro de todo el equipo, Wayne las va pasando todas por alto, una a una, hasta el punto de no ver un billete de cincuenta euros que el equipo pone en su camino habitual.

Cuando creemos a pies juntillas que nada bueno nos puede pasar, nuestro cerebro discrimina las oportunidades para que no las veamos.

Mientras el equipo se replantea qué hacer con Wayne, organizan una pequeña excursión a un parque de atracciones con numerosos juegos recreativos para un pequeño grupo de vecinos, los cuales previamente son llevados al parque para que toquen la ya archiconocida estatua. Aunque el equipo esperaba un ligero aumento en las ganancias de los jugadores, sorprendentemente, estos ganaron mucho más.

La actitud de estas personas y su pleno convencimiento de que ya traían consigo la buena suerte, hizo que ganaran muchos más premios que la media.

Para cambiar la mentalidad de Wayne, Derren Brown decide contarle todo lo sucedido (salvo la verdad sobre la estatua), le muestra los vídeos y las pruebas donde, de forma inconsciente, va desaprovechando la buena suerte que de forma tan inequívoca habían preparado para él.

Brown le hace ser consciente de cómo su actitud está jugando en su contra y cómo lo que creía determinismo es solo una cuestión de elección. Wayne comprende que aún está a tiempo de hacer cambios en su forma de pensar para poder atraer a su vida todas aquellas cosas buenas que desea.

LA PRUEBA DE FUEGO

Como prueba final, Brown visita la pequeña localidad y charla con sus vecinos. Es por todos conocido y en seguida los medios locales se hacen eco de su presencia. La versión oficial es que ha acudido movido por la curiosidad de la leyenda. Con el beneplácito de sus habitantes, pondrá a prueba al “perro de la suerte” mediante una tirada de dados: aquel vecino que apueste más dinero podrá jugárselo a los dados. Si sale el número elegido, el apostante multiplicará por seis su apuesta, si sale otro número, lo perderá todo.

Para sorpresa de todos, la media de las apuestas oscila entre cinco y veinte euros, pero hay un vecino que ha apostado mil euros, los ahorros de toda su vida y este vecino es Wayne, el carnicero. Él será el que juegue…

Cuando Derren Brown le pregunta qué le ha hecho asumir semejante riesgo, Wayne explica que ha decidido no desaprovechar más oportunidades en la vida y que está dispuesto a cambiar su suerte desde ese momento.

LA REVELACIÓN FINAL

Es en este punto cuando Brown explica a todo el pueblo la verdad sobre el perro de la suerte. Ante el estupor y las risitas nerviosas de todos, el mentalista les aclara que su suerte ha cambiado a mejor, eso es algo real, pero que la diferencia estriba en que antes lo proyectaban en algo externo (en este caso la estatua del perro) y ahora saben que lo provocan ellos mismos, con su actitud, ellos son su propio amuleto y eso es mucho más enriquecedor y maravilloso.

El perro otorgaba buena suerte a todo aquel que lo tocaba en la medida en que dicha persona creyera en su eficacia, esto es lo que se llama efecto placebo, y si bien algunas personas puedan sentirse descorazonadas ante esto hecho, eso revela que confían más en medios externos que en los suyos propios.

¿POR QUÉ PREFERIMOS CONFIAR EN MEDIOS EXTERNOS?

Porque, por lo general, no hemos aprendido a creer en nosotros mismos ni en nuestras propias capacidades. Incluso cuando los últimos avances en física cuántica (tan divulgados en los últimos años) demuestran que podemos afectar a nuestra realidad con nuestro pensamiento y la energía de nuestras emociones preferimos que una figura externa a nosotros nos diga lo que tenemos que hacer o se responsabilice de nuestro bienestar. Ésa es el verbo clave… responsabilizarse.

Imagínate que estás colgando de un precipicio y gritas al cielo clamando ayuda:

- ¡Dios mío, ayúdame! ¡Te lo ruego!

- No te preocupes – responde una voz celestial dentro de tu cabeza – . Soy Dios. He escuchado tu grito de socorro y voy a ayudarte. Suéltate ya que te he conferido poderes especiales y podrás volar hasta tocar con tus pies la tierra firme… Suéltate. Ahora.

- Vale, Dios, eso es genial – respondes – pero… ¿no hay nadie máaaaas?


Precipicio

 

EL MIEDO A LA PROPIA RESPONSABILIDAD

Ser responsables de nuestra propia suerte (y cuando decimos suerte aquí nos referimos a nuestro bienestar, a nuestra salud emocional, a nuestra felicidad, a elegir sentirse bien en lugar de sentirse mal, a creer que las cosas nos irán bien, etc.) nos da miedo.

Primero porque eso significa romper con diferentes creencias arraigadas en nosotros, como:

  • No merezco ser feliz.
  • No soy lo suficiente bueno/a.
  • No soy capaz de salir adelante por mis propios medios. Soy un desastre.
  • No merezco que me quieran.
  • Nunca hago las cosas lo suficientemente bien.

Si toda mi vida he creído esto, he configurado mi existencia en torno a estas creencias. Ésta es mi zona de confort, mi terreno conocido. Creer lo contrario significa tener que desmantelar todo este guión y entonces, ¿qué me queda? ¿Quién soy en realidad?

En segundo lugar nos da miedo porque significa que la responsabilidad de nuestra felicidad recae en nosotros y ya no podemos “echar balones fuera”:

  • La culpa es de mis padres.
  • La culpa es de mi familia.
  • La culpa es de la sociedad.
  • La culpa es del Gobierno.
  • La culpa es de la crisis.

Y en tercer lugar, nos da miedo porque aceptarlo significa reconocer que somos grandes, que somos poderosos, que podemos hacer cualquier cosa. Nadie lo explica mejor que Marianne Williamson, autora del superventas “Volver al amor”:

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro temor más profundo es que somos excesivamente poderosos. Es nuestra luz, y no nuestra oscuridad la que nos atemoriza. Nos preguntamos: “¿quién soy yo para ser brillante, magnífico, talentoso y fabuloso?” En realidad, ¿quién eres para no serlo? Infravalorándote no ayudas al mundo. No hay nada de instructivo en encogerse para que otras personas no se sientan inseguras cerca de ti. Esta grandeza de espíritu no se encuentra sólo en algunos de nosotros; está en todos. Y al permitir que brille nuestra propia luz, de forma tácita estamos dando a los demás permiso para hacer lo mismo. Al liberarnos de nuestro propio miedo, automáticamente nuestra presencia libera a otros.”

AMULETOS Y TALISMANES

Si bien es cierto que los amuletos y los talismanes han acompañado al ser humano desde tiempos inmemoriales, nos atreveríamos a afirmar (esto es tan solo una opinión personal y cada cual debe sacar sus propias conclusiones) que en la mayoría de los casos su poder reside en el que su portador o portadora le quiera dar.

Aunque no se puede generalizar, dado que todo es energía, todo es vibración: los minerales, las energías telúricas de determinados lugares, la geometría sagrada, etc., pero nada de esto funciona si no le damos la orden a nuestro cerebro de que funcione.

No hay nada más poderoso ni que movilice mayor cantidad de energía que nuestra mente, alma y corazón. Si no nos lo creemos, ningún amuleto podrá ayudarnos.

Amuletos

UN DESENLACE SORPRENDENTE

¿Y qué pasa con Wayne?

Wayne, a pesar de recibir la noticia de que el perro de la suerte no era tal, decide continuar con el juego y probar su nueva suerte con los dados, arropado por el calor y los vítores de todos sus vecinos.

¿Lo consiguió?

Aunque nos encantaría desvelar el final, creemos que lo mejor es que seas tú quien lo compruebe. Solo te diremos que Wayne no estaba solo con su deseo y su intención, toda su ciudad estaban con él, proyectando con sus mentes el número ganador de Wayne, porque todos querían que fuese feliz, que las cosas le fueran bien.

Y el amor, queridos amigos y amigas, es la mayor fuerza motriz del universo…

Así que si quieres conocer la respuesta a la pregunta ¿de qué depende la suerte?, te invitamos a que acompañes a Wayne y a sus vecinos en esta aventura reveladora.

Y tú, ¿de qué crees que depende la suerte?

 

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